Alimentación en pequeñas dósis

Fuente de nutrientes esenciales, el sésamo, el lino, el girasol y otras semillas se suman a la mesa familiar.

Semillas enteras o molidas, dispuestas sobre ensaladas, dentro de panes o en barritas: todo un mundo ligado al corazón de las plantas ha surgido de un tiempo a esta parte. ¿Por qué?

Hasta hace muy poco nadie conocía los valores nutricionales de las semillas que se encuentran hoy en los comercios: girasol, sésamo, lino, zapallo, chía, amapola, amaranto y tampoco de las frutas secas, como nueces, avellanas y almendras.

La alimentación natural, la macrobiótica, el naturismo, el vegetarianismo y todos sus derivados llegaron a estas costas hace un par de décadas, pero tienen sus raíces en las religiones más antiguas que fueron las primeras en incluir esta fuente de nutrientes esenciales en sus menús y dietas.

«El uso de las semillas como fuente de alimentación data de tiempos precolombinos. A partir de la inclusión del trigo como fuente de nutrientes por parte de los españoles, se empezó a perder su utilización; incluso ellos quemaron cultivos de kiwicha o chía, quinua y amaranto, como forma de colonización», cuenta el doctor Jorge Alonso, ex presidente de la Asociación Argentina de Fitomedicina y autor de varios libros sobre la medicina ligada a las plantas. Recién en la década de los 80 aparece este recurso alimentario, en forma paulatina.

Las semillas son el corazón de las plantas, sus óvulos fecundados son depósitos de la información y los nutrientes para que surjan las plantas futuras, fuente de ácidos grasos poliinsaturados que ni el hombre ni los animales podemos formar. Son protectoras del sistema inmunológico (aumentan las defensas), equilibran las grasas (bajan el colesterol malo y aumentan el bueno), y protegen las arterias evitando la inflamación que favorece la formación de la denominada placa de colesterol. Además, contienen vitamina E, la vitamina antienvejecimiento que es antioxidante, y fibras que mejoran la flora intestinal. Por todo eso no deberían estar ausentes en la alimentación diaria.

A la vez que los alimentos llegan cada vez más modificados, genética y químicamente, surge la tendencia de lo orgánico como contrarresto de lo que antes venía en su envase natural. A continuación, un listado de las semillas comestibles disponibles en el mercado, su forma de utilización y sus componentes.

Sésamo. Está incluido en la salsa tahine de la comida oriental.

El gomasio es la mezcla de estas pepitas con sal marina, apenas tostadas y molidas todas juntas. La proporción es una de sal cada 10 de sésamo. Contiene proteínas, ácidos grasos poliinsaturados, omega 6, lecitina, vitaminas B1, B2 y E, calcio, fósforo, magnesio y hierro.

Lino. Es la semilla más difícil de incorporar a la dieta salvo que se la hidrate desde el día anterior y posteriormente se la muela o aparezca graciosamente en un pan. Muy buen laxante, actúa sin irritar la mucosa intestinal. Su contenido en ácidos grasos poliinsaturados está indicado para disminuir el colesterol malo. Disminuye los niveles de glucemia en los diabéticos por su contenido de fibra soluble. No es conveniente abusar de ella porque no se digiere fácilmente.

Girasol. Rico en vitamina B, hierro, manganeso, cobre, calcio y ácidos grasos insaturados como el omega 6. La flor del girasol, que se abre y gira hacia el sol, fue venerada por los incas y asociada con el renacer. Girasol con miel y tostado se venden en algunas panaderías como Hausbrot. Las barritas caseras y orgánicas también lo incorporan.

Calabaza. Hay que tostarla ligeramente para que no pierda sus grasas insaturadas. Quedan bien en sopas y ensaladas; los mexicanos las usan en algunos platos. Aportan zinc y hierro. Susana Zurschmitten en su libro Sanarnos con la alimentación, la recomienda como antiparasitario: 50 semillas durante 8 días.

Chía. Fuente de ácidos grasos omega 3, minerales, vitaminas, fibra y antioxidantes. Su incorporación trae beneficios que promueven la prevención de enfermedades cardiovasculares, regulando el colesterol malo. Consumido por los pueblos originarios precolombinos junto con el amaranto, los porotos y el maíz.

Contraindicaciones

Para la doctora Elba Albertinazzi, las semillas no se indican cuando hay una inflamación intestinal aguda o crónica: colitis ulcerosa, enfermedad de Crohn o intestinos inflamados con diarreas.

Alonso señala que no pueden consumir semillas las personas con diarrea o meteorismo (gases). Tampoco es bueno comerlas junto con determinados fármacos porque pueden alterar la absorción de algunas drogas químicas.

En las semillas se concentra la fuerza de la naturaleza. ¡A imitar a los pájaros! Cuanto antes, mejor.

Fuente:LaNacion

Entrada Anterior

¿La falta de sol (y de vitamina D) te hace subir de peso?

Próxima Entrada

PhotoShop: el secreto de los ángeles

Entradas Relacionadas