El pochoclo ya es casi la mitad de la facturación de los cines

No está claro quién tuvo la idea (mejor evitar por ahora los adjetivos) de vincular el pochoclo con el cine . En su libro La cultura del ¡pop!: una historia social del pochoclo (1999), el investigador Andrew Smith cuenta que el matrimonio comenzó en Estados Unidos en los años treinta, tres décadas después de la invención de los hermanos Lumière, y que al principio los dueños de las salas lo rechazaron porque, argumentaban, el popcorn generaba más molestias que beneficios . Recién vislumbraron el negocio cuando comprobaron que los pioneros instalados frente a los cines con su máquina de tostar maíz los duplicaban en ingresos.

Los empresarios advirtieron el negocio y lo hicieron suyo. A tal punto que hoy en Argentina, uno de los principales productores mundiales de maíz que recién en los años noventa abrazó la tradición pochoclera, la venta de snacks(pochoclos, nachos, chipá, pizza, papas fritas, panchos, golosinas, gaseosa y un cada vez más largo etcétera) ya representa casi la mitad de la facturación de las grandes cadenas de cines: según cálculos del portal especializadoCinesargentinos.com.ar , en julio pasado –el mejor mes desde 2004 en cantidad de espectadores– facturaron al menos 104 millones de pesos, frente a los 242 millones de pesos que ingresaron por la venta de entradas.

Como un hábil alienígena , el pochoclo supo extender su influencia a casi todos los ámbitos: desde el cinematográfico (la etiqueta de “pochocleras” para determinadas películas) hasta el de la distribución (se rumoreó el año pasado que la exitosa Medianoche en París , de Woody Allen, salió finalmente de cartel porque la mayoría de sus más de 500 mil espectadores, número para nada despreciable, no consumía pochoclo), y desde hace unos años también a las conductas de los espectadores . El tema no es nuevo (ya en 2008 la revista de cine El Amante hablaba de los “bovoespectadores”, no por tontos sino por bovinos), pero el hecho de que pochoclos y demás comestibles representen más del 42 por ciento de la facturación de los cines reabre el debate sobre cómo nos comportamos frente a la pantalla .

Es que las crujientes palomitas de maíz, presentadas en baldes infinitos que luego terminarán sembrando el piso de la sala, generan en muchos espectadores más miedo que una de terror de Rob Zombie. Aunque en este caso los alaridos de horror sean reemplazados por un¡Shhhhh!

“Las pantallas de cine son cada vez mas chicas y las teles cada vez mas grandes. Lo mismo pasa con el espectador. Se comporta casi como si estuviera en su casa: come, comenta, atiende el teléfono ”, se queja Gustavo Taretto, director de la película Medianeras .

En julio fueron más de $ 104 millones. Popular desde los ‘90, el snack modificó las conductas de los espectadores.

Desde la cadena de cines Hoyts, dueña de los dos complejos que más espectadores convocan (Unicenter y Abasto), argumentan que “hoy en día está muy asumido que la salida al cine incluye el pochoclo, y las quejas son excepcionales ”. Aunque en el cine siempre se comió, está claro que la cajita amarilla del maní con chocolate tenía una vida útil muy inferior a la del infatigable pochoclo, que acompañados por dos litros de gaseosa se consigue a 57 pesos.

Los omnipresentes teléfonos celulares son el otro creciente motivo de disgusto. Una encuesta reciente publicada por The Hollywood Reporter mostró que el 8 por ciento del público escribe algo en una red social sobre una película mientras la está viendo en el cine. Y que el 55 por ciento de los espectadores envía mensajes de texto . Habría que sumar, además, a quienes hablan con su madre mientras Hitler se suicida en Berlín (situación verídica vivida durante la proyección de La caída en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2010) y a los impacientes que revisan constantemente la hora en las cada vez más luminosas pantallas, molestos destellos que interrumpen la oscuridad de la sala .

La psicoanalista Mónica Cruppi, miembro de la Subcomisión de Cine de la Asociación Psicoanalítica Argentina, divide en dos aspectos el problema de los celulares: por un lado, el teléfono se transformó en un instrumento vital , y si no se lo tiene a mano se siente angustia, ansiedad y temor; por otro, advierte un apogeo del narcisismo, el desarrollo de un sujeto individualista y centrado en sí mismo que “no tiene consideración ni respeto hacia el otro porque sólo le interesa la propia satisfacción ”.

Para Taretto, “cambió la relación de los espectadores con el cine, porque cambió la gente y también porque cambió el cine.

Las salas ya no imponen respeto arquitectónico, como ocurría en el Gran Rex, el Opera o el Grand Splendid; ahora son rectángulos alfombrados disimulados adentro de un shopping”. Es una explicación posible. Otra, más oscura y que vendría a colocar el adjetivo que falta en el inicio de esta nota, la ofrecía el trailer de Peter Capusotto y sus 3 dimensiones : “Es básicamente imposible que esto deje de suceder en una sala, porque la imbecilidad humana no puede apagarse ni ponerse en vibrador”.

Fuente:Clarin

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